El micelio no tiene cerebro. No tiene neuronas. No piensa como pensamos nosotros.
Pero tiene algo que viene despertando cada vez más interés entre quienes investigan la relación entre hongos y tecnología: puede generar señales eléctricas, responder a estímulos y modificar su comportamiento frente a cambios en el ambiente.
Y de ahí sale una pregunta bastante interesante:
¿podemos usar una red de micelio para procesar información?
La pregunta no apareció ayer. Hace años que distintos grupos vienen estudiando la actividad eléctrica de los hongos y sus posibles aplicaciones en electrónica, sensores y computación no convencional. En 2025, una revisión científica reunió buena parte de esta investigación y señaló que el campo todavía tiene muchas preguntas abiertas, especialmente sobre cómo se generan y propagan esas señales dentro de las redes fúngicas.
Pero en los últimos años aparecieron experimentos que llevan la idea un paso más allá.
Primero: ¿qué significa que un hongo procese información?
Acá hay que hacer una pequeña aclaración porque internet puede hacer una ensalada bastante rápido.
Cuando hablamos de que un hongo puede procesar información, no estamos diciendo que tenga pensamientos, conciencia o una especie de cerebro escondido entre las hifas.
La idea es bastante más concreta.
Un sistema recibe un estímulo → cambia de estado → genera una respuesta que podemos medir.
Eso, en determinadas condiciones, puede utilizarse para obtener información.
Y los hongos tienen algunas características que los vuelven interesantes para investigar esto.
Sus redes de hifas forman estructuras complejas, pueden responder a estímulos ambientales y presentan actividad eléctrica. Se han registrado variaciones de potencial y cambios en propiedades eléctricas frente a diferentes estímulos.
Entonces aparece una posibilidad bastante particular:
en vez de construir todos los componentes de un sistema desde cero, podemos aprovechar parte de la dinámica que ya tiene el organismo.
La electrónica fúngica existe hace rato
Antes de llegar a los famosos “chips de micelio”, ya había investigadores trabajando con algo que se conoce como fungal electronics.
El concepto reúne dispositivos electrónicos construidos a partir de micelio o composites unidos por micelio.
¿Por qué?
Porque estos materiales pueden cambiar su impedancia eléctrica y generar señales eléctricas frente a determinados estímulos. Eso los convierte en candidatos para estudiar sensores y dispositivos de computación no convencionales.
En 2023, por ejemplo, investigadores demostraron que composites basados en micelio podían transmitir señales eléctricas y conservar información relacionada con la frecuencia de la señal de entrada. El estudio analizó señales entre 100 Hz y 10.000 Hz.
No significa que podamos conectar un cable a un bloque de micelio y empezar a mandar mensajes por internet.
Lo que significa es bastante más específico y, para nosotros, bastante más interesante: una red fúngica puede participar en la transmisión y transformación de señales eléctricas.
Y si puede hacer eso, podemos empezar a preguntarnos qué otras operaciones puede realizar.
Entra en escena el reservoir computing
Acá aparece uno de los conceptos más interesantes de toda esta historia: physical reservoir computing.
La computación tradicional funciona, simplificando muchísimo, haciendo que componentes electrónicos realicen operaciones determinadas siguiendo reglas muy precisas.
El reservoir computing toma otro camino.
En lugar de intentar controlar cada paso de la computación, aprovecha la dinámica propia de un sistema para transformar una señal de entrada en una serie de estados.
Puede ser un sistema físico, una red neuronal o incluso un material biológico.
La información entra. El sistema cambia. Esos cambios se pueden medir. Y a partir de ellos se puede extraer información útil. La gracia está en que el comportamiento físico del sistema forma parte de la computación.
Y ahí el micelio se vuelve particularmente interesante.
Cuando el micelio se convierte en parte del circuito
En junio de 2026, un equipo de investigadores publicó en Scientific Reports un trabajo que estudia justamente esta posibilidad.
El equipo desarrolló chips de micelio diseñados para funcionar como un medio de physical reservoir computing. Para hacerlo, utilizaron micelio tratado con un polímero conductor y aprovecharon su estructura para crear componentes con comportamiento eléctrico, incluyendo resistencias, capacitores y elementos no lineales.
Lo más interesante del trabajo está incluso en el proceso que proponen:
design → grow → compute
Diseñar. Cultivar. Computar.
La forma en la que crece el micelio no queda simplemente como una característica estética del material. Su complejidad morfológica influye en cómo se transporta la carga y en su capacidad de mantener cierta “memoria” de los estímulos anteriores.
Los investigadores utilizaron estos chips para tareas de aprendizaje automático, incluyendo una tarea conocida como NARMA-10, utilizada para evaluar la capacidad de un sistema de procesar secuencias temporales.
Es decir: no se limitaron a medir si el micelio conducía electricidad.
Lo utilizaron como parte de un sistema capaz de transformar información.
Y ahí está el verdadero salto conceptual.
¿El hongo está pensando?
No.
Y conviene decirlo porque la diferencia es importante.
El micelio no está “entendiendo” los datos ni tomando decisiones conscientes.
Lo que hace es comportarse como un sistema físico dinámico.
Un estímulo modifica su estado. Ese estado puede influir en la siguiente respuesta. Y esas variaciones pueden ser registradas y utilizadas por un sistema computacional.
De hecho, una de las cosas que hacen atractivo a estos sistemas es justamente que no necesitan comportarse como un procesador convencional.
No estamos intentando convertir un hongo en una computadora.
Estamos intentando entender si algunas de las propiedades que ya tiene pueden utilizarse para hacer computación de otra manera.
Y hay una paradoja bastante linda
Las mismas características que hacen difícil trabajar con organismos vivos también pueden ser parte de su atractivo.
Un chip tradicional necesita ser extremadamente predecible.
El micelio, en cambio, crece, cambia, responde al ambiente y presenta variaciones entre muestras.
Para la industria electrónica convencional, eso es un problema enorme.
Para quienes investigan computación física y materiales biohíbridos, puede ser justamente una característica interesante.
Porque un sistema que cambia frente a estímulos puede generar una dinámica mucho más rica que un componente que simplemente responde siempre de la misma manera.
El desafío está en aprender a medir, controlar y reproducir esa dinámica.
Y ahí todavía queda muchísimo trabajo.
¿Entonces vamos a tener computadoras de hongos?
Probablemente no sea la pregunta más interesante.
Los chips de micelio estudiados hasta ahora son prototipos experimentales. Todavía existen diferencias enormes respecto de la electrónica convencional en velocidad, estabilidad, control y reproducibilidad.
El propio trabajo de 2026 habla de una prueba de concepto y estudia, entre otras cosas, la variabilidad entre dispositivos.
Pero hay algo que sí está pasando.
Los hongos están empezando a ser considerados algo más que una materia prima para fabricar materiales.
Pueden ser parte de un sensor. Pueden participar en un circuito. Pueden transmitir señales.
Y, al menos experimentalmente, pueden formar parte de sistemas que procesan información.
Y esto recién se empieza a cruzar con otras áreas
Una vez que empezás a mirar el micelio desde este lugar, aparecen conexiones por todos lados.
Sensores ambientales. Materiales inteligentes. Bioelectrónica. Robótica blanda. Computación analógica. Sistemas de monitoreo.
Incluso investigaciones recientes están estudiando la transmisión de señales eléctricas entre estructuras reproductivas de hongos ectomicorrícicos directamente en condiciones de campo.
Y esto es importante: no todas estas investigaciones van a terminar convertidas en productos.
Algunas van a quedar como experimentos interesantes. Otras van a servir para entender mejor la fisiología fúngica. Algunas pueden encontrar aplicaciones muy específicas.
Pero el cruce ya está ocurriendo.
Y hace tiempo.
Quizás la pregunta sea otra
Estamos acostumbrados a pensar la tecnología como algo que fabricamos: circuitos, chips, sensores, materiales, máquinas.
Pero los hongos llevan millones de años haciendo algo bastante sofisticado con recursos mucho más simples.
Construyen redes. Detectan cambios. Intercambian señales. Se adaptan a su entorno.
Y reorganizan su crecimiento en función de lo que ocurre alrededor.
La investigación tecnológica no está intentando demostrar que los hongos son computadoras.
Está explorando si podemos aprender algo de esa lógica y aprovecharla.
Y eso nos deja con una pregunta que, para quienes venimos siguiendo el mundo fungi, resulta bastante más interesante que “¿los hongos son el futuro?”:
¿cuántas cosas estamos intentando construir desde cero que algunos organismos ya llevan millones de años resolviendo a su manera?
