Cuando pensamos en la edad de un organismo, normalmente imaginamos algo bastante fácil de medir. Un perro tiene una fecha de nacimiento, un árbol puede guardar en sus anillos la historia de su crecimiento y nosotros contamos los años desde el día en que nacemos. Con los hongos, en cambio, determinar la edad puede ser bastante más complicado.

El motivo tiene que ver con su propia biología. Lo que habitualmente identificamos como “un hongo” —el cuerpo fructífero que aparece sobre un tronco, en el suelo o entre la hojarasca— es solamente una parte del organismo. La mayor parte de su estructura puede encontrarse en forma de micelio, extendida por el sustrato y, en algunos casos, ocupando superficies enormes.

Un cuerpo fructífero puede desarrollarse, liberar esporas y desaparecer en cuestión de días o semanas, mientras que el micelio que lo produjo continúa creciendo. Por eso, cuando hablamos de longevidad en hongos, no necesariamente estamos preguntando cuánto tiempo vive una seta determinada, sino cuánto tiempo puede persistir un individuo fúngico.

Y ahí empiezan las dificultades.

Un organismo que puede ocupar hectáreas

Uno de los ejemplos más conocidos es Armillaria, un género de hongos que puede desarrollar enormes redes subterráneas asociadas a raíces y madera.

En Michigan, Estados Unidos, investigadores estudiaron un individuo de Armillaria gallica que ocupa aproximadamente 75 hectáreas. Los análisis genéticos y las estimaciones basadas en su crecimiento indican que esta red tendría al menos unos 2.500 años de antigüedad.

El caso resulta especialmente interesante porque las muestras tomadas en distintos puntos del área estudiada presentan características genéticas compatibles con un mismo individuo. En términos simples, lo que parece una gran cantidad de hongos separados puede formar parte de una única red clonal.

Algo similar ocurre con otro famoso ejemplar de Armillaria encontrado en Oregón, Estados Unidos, que se extiende por alrededor de 890 hectáreas y cuya edad se ha estimado en varios miles de años.

Estos ejemplos suelen aparecer en las listas de “los organismos más grandes y antiguos del planeta”, pero hay que tener cuidado con una cuestión: esas edades son estimaciones, no mediciones directas.

¿Cómo se calcula la edad de un hongo?

No podemos observar una red micelial durante miles de años, así que los investigadores necesitan combinar diferentes tipos de información.

Una de las herramientas principales es la genética. Al tomar muestras de distintas zonas, pueden analizar si pertenecen al mismo genet, es decir, a un individuo originado a partir de un mismo evento reproductivo y que mantiene esencialmente el mismo material genético.

Después se combinan esos datos con información sobre el tamaño de la colonia, las tasas de crecimiento y las condiciones ambientales en las que se desarrolla.

El problema es que los hongos no crecen como una planta que podemos seguir desde una semilla hasta un árbol adulto. Una red micelial puede extenderse, perder sectores, colonizar nuevos recursos y continuar existiendo mientras algunas de sus partes desaparecen.

Por eso, la edad de una colonia no siempre equivale a la edad de cada una de las estructuras que la componen.

¿Dónde termina un hongo y empieza otro?

Esta es una de las preguntas más interesantes que plantea la longevidad fúngica.

Imaginemos una red de micelio que lleva siglos creciendo. En determinado momento, una parte de esa red queda aislada físicamente. Esa sección continúa creciendo por su cuenta, pero conserva el mismo genotipo que el resto.

¿Tenemos ahora dos hongos o uno?

En organismos que crecen como redes, la definición de “individuo” no siempre es tan sencilla. Y justamente esta dificultad es uno de los motivos por los que la longevidad de los hongos sigue siendo un área de investigación activa.

Una revisión científica publicada en agosto de 2026 en Trends in Microbiology analiza este problema y plantea que todavía hacen falta métodos más estandarizados para estudiar el envejecimiento y la longevidad de los hongos. Los autores señalan que conceptos como crecimiento, fragmentación, reproducción clonal y muerte hacen que medir la edad de estos organismos sea particularmente complejo.

No todos los hongos viven miles de años

Por supuesto, hablar de Armillaria puede dar la impresión de que los hongos son organismos prácticamente inmortales, pero la realidad es mucho más diversa.

El Reino Fungi incluye organismos con ciclos de vida muy diferentes. Algunas levaduras tienen generaciones extremadamente rápidas, mientras que otras especies pueden mantener estructuras miceliales durante períodos prolongados.

También hay una diferencia importante entre sobrevivir y crecer continuamente.

Una red puede permanecer durante mucho tiempo en un estado de baja actividad y volver a crecer cuando aparecen recursos y condiciones favorables. En otros casos, partes del micelio pueden morir mientras otras continúan activas.

Por eso, para entender cuánto puede vivir una especie determinada, hay que tener en cuenta su ecología, su estrategia de crecimiento y la relación que mantiene con el ambiente.

El envejecimiento fúngico es diferente al nuestro

Estudiar la longevidad de los hongos también obliga a revisar algunas ideas que damos por sentadas cuando hablamos de envejecimiento.

En un animal, podemos observar el deterioro progresivo de un organismo completo. En un micelio, en cambio, distintas regiones de la red pueden encontrarse en situaciones diferentes al mismo tiempo. Algunas pueden estar creciendo, otras pueden dejar de ser funcionales y otras pueden ser reemplazadas.

Esta estructura distribuida hace que conceptos como edad biológica, senescencia y muerte sean bastante más difíciles de aplicar.

Y todavía sabemos poco sobre cómo influyen procesos como las mutaciones, el daño celular, el estrés ambiental o la capacidad de regeneración en redes que pueden mantenerse durante cientos o miles de años.

La tecnología puede ayudar a responder estas preguntas

Una de las propuestas que aparecen en la investigación actual es utilizar sistemas experimentales que permitan observar el comportamiento de los hongos bajo condiciones controladas durante períodos prolongados.

Entre ellos están los llamados “fungi-on-a-chip”, pequeños sistemas de laboratorio que permiten estudiar el crecimiento y las respuestas de un hongo en un entorno mucho más controlado que un bosque.

Combinados con secuenciación genética, microscopía y seguimiento de crecimiento, estos sistemas podrían ayudar a estudiar procesos que son prácticamente imposibles de observar directamente en organismos que llevan siglos desarrollándose.

Esto también conecta con una tendencia que ya vimos en nuestro artículo sobre micelio y tecnología: cuanto más conocemos sobre las propiedades de las redes fúngicas, más herramientas encontramos para estudiarlas y, eventualmente, aprovecharlas.

Entonces, ¿cuál es la respuesta?

No existe una cifra que podamos aplicar a “los hongos” en general.

Algunas especies tienen ciclos de vida cortos. Otras pueden mantener redes durante décadas o siglos. Y existen casos documentados de individuos de Armillaria cuya edad estimada se encuentra en el orden de los miles de años.

Pero quizás lo más interesante sea que todavía no sabemos cuál es el límite.

La investigación actual no solamente intenta encontrar el hongo más viejo. También busca desarrollar mejores formas de definir qué es un individuo fúngico, cómo envejece una red micelial y qué mecanismos permiten que determinadas colonias persistan durante períodos tan largos.

Después de todo, cuando vemos un hongo aparecer en el bosque, estamos viendo solamente una parte de su historia. La red que lo produjo puede llevar mucho más tiempo ahí de lo que imaginamos.

 

Y en algunos casos, quizás haya empezado a crecer mucho antes de que existiera cualquier cosa que nosotros pudiéramos llamar “historia”.